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Cuerpo
Me apunté a una clase de Yoga aéreo y esto fue lo que aprendí
Pensaba que sería un desastre, pero mi primera clase de Aeroyoga me enseñó que soy más flexible de lo que pensaba y una gran lección para la vida: "los límites nos los ponemos nosostros mismos".
30 DE ENERO DE 2023 / 17:00
Puede ser que lo conozcas como Aeroyoga, Yoga en suspensión o Flying yoga, pero lo llames como lo llames, este tipo de yoga se ha convertido en una de las variantes más populares y divertidas de la disciplina debido a los beneficios que aporta. Y puedo confirmar que, efectivamente, te encantará.
En principio, cuando escuchas hablar del Aeroyoga, pensarás que es la opción perfecta para los que pueden presumir de fuerza y coordinación. Pero lo cierto es que este tipo de yoga está diseñado para que cualquier persona sea capaz de adaptarse a él, (incluso yo, que tengo menos flexibilidad que un Playmobil). Para nuestra tranquilidad, cuenta con diferentes niveles en los que puedes ir avanzando poco a poco. Así lo pude corroborar yo misma.
El viernes pasado me apunté a una clase de Aeroyoga para principiantes. Y para ser sincera, por un lado, no podía parar de pensar en que mi torpeza me dejaría en evidencia delante de toda la clase, pero por otro, me apetecía mucho probar eso de hacer posturas y movimientos acrobáticos sobre un columpio.
Me enfundé mis mejor conjunto de yoga, preparé mi mochila con una botella de agua y una toalla y me puse en marcha hacia The Garden, un centro especializado en clases de yoga que se encuentra en pleno barrio Salamanca.
Al llegar allí, me encontré con un maravilloso espacio que te envuelve nada más entrar. Una luz cálida y perfecta para la desconexión y una decoración que evoca todo un oasis de paz.
Cuando entré, lo primero que me indicaron fue que me tenía que quitar las zapatillas para, después, pasar al vestuario a dejar todas mis cosas. Una vez hecho esto, entré en la clase de Blanca, que debido a los minutos que había tardado en encontrar el lugar (típico de mi mala orientación), ya había empezado. Sin embargo, Blanca fue muy amable conmigo y me cedió su esterilla y su columpio para que pudiera realizar todos los ejercicios.
Debo reconocer que al principio estaba un poco nerviosa, pues era la primera vez que iba a una clase de Aeroyoga y la tercera que practicaba esta disciplina, con lo cual, estaba en el lugar adecuado: la clase de principiantes. Sin embargo, la sala ayudaba mucho a conseguir la concentración necesaria para realizar cada movimiento paso a paso.
Al empezar, las posturas apenas me costaban, ya que estaban más enfocadas al calentamiento y aún no nos habíamos subido al columpio, pero poco a poco fuimos subiendo la intensidad y ampliando los asanas hasta que la cosa empezó a costar más con las invertidas con los pies por dentro del columpio.
Mientras la profesora nos iba indicando cómo hacer el siguiente ejercicio, pensaba «eso no me sale ni de broma», pero, para mi sorpresa, tenía más fuerza de la que pensaba y, con ella, iba consiguiendo mejorar cada una de las posturas. Eso sí, no por mucho tiempo, porque, si hay algo que debes controlar muy bien en el yoga es la respiración, y si a eso le juntas mantener el equilibrio, puede que se te haga un poco bola al principio.
Pronto llegó mi parte favorita, la de subirnos al columpio. Esta también era la más difícil, ya que la particularidad de este tipo de yoga se trata de mantener la postura mientras estamos colgados y, así, trabajar el cuerpo de una forma más intensa, conectando con la mente. Una vez más, Blanca nos propuso una postura que, a priori, parecía imposible. Se trataba de subirnos al columpio con la pierna derecha por dentro del mismo, y rodear el columpio por fuera con la pierna izquierda para, después, conseguir una postura con la espalda recta y en suspensión, manteniendo una de las piernas completamente estirada. Una vez colocada, había que intentar mantener el equilibrio sin agarrarnos al columpio con las manos.
Por último, tras realizar todos los ejercicios (y también, darme cuenta de que no soy tan torpe como creía), llegó el momento de relajarnos para terminar la clase. Esto consistía en meternos dentro del columpio e ir reconectando con cada parte de nuestro cuerpo, siendo consciente de cada pequeño movimiento. Terminamos con un Namasté, el habitual saludo y despedida que se realiza juntando las palmas de las manos y se hace a modo agradecimiento en esta disciplina.
Solo se necesitan «ganas de jugar»
Tras la clase, pude charlar con Blanca sobre los beneficios que tiene esta modalidad en nuestra salud y lo que se necesita para empezar. Como bien asegura ella, lo único que se necesita son «las ganas de jugar».
«Al igual que en yoga jugamos con la gravedad empujando, en el yoga aéreo jugamos tirando, como complemento está muy guay, a parte de que seguimos teniendo el plus del suelo y la gravedad. De elasticidad se trabaja exactamente igual y tenemos el beneficio de que para las invertidas no necesitamos experiencia porque tenemos el columpio», me decía.
«El mayor límite es el miedo»
Además, el Yoga aéreo te deja una gran lección que puedes aplicar a varios ámbitos de tu vida: «el mayor límite es el miedo», me lo dijo Blanca al terminar la clase y, además, yo misma me pude dar cuenta de ello con cada uno de los movimientos. Cuando piensas que te vas a caer o que no vas a ser capaz de hacer ciertas posturas, si te lanzas y lo intentas, te das cuenta de que sí puedes con ello, y que si te caes, siempre podrás echar mano del columpio para sujetarte y como bien me dijo Blanca, «ahí te das cuenta de que los límites nos los ponemos nosotros mismos».